El sábado 25 de abril empezó como tantos otros: puse la cafetera y, mientras el aroma se esparcía por la cocina, abrí Facebook para revisar las novedades. Apenas había realizado un par de desplazamiento cuando me detuve en una publicación de Carlos Scolari que me dejó helado: “Nos dejó Rossana Reguillo (1955–2026)…”. A partir de ese momento, las despedidas se multiplicaron entre mis contactos. De inmediato acudieron a mi memoria momentos preciados: aquella visita a Signa Lab con Rossana como guía, la ocasión en que junto a la Dra. Dorismilda Flores presentamos Necromáquina en la FENAL, o la última charla que compartimos, en noviembre de 2023, cuando visitó nuestra casa de estudios para impartir una conferencia.
La comunidad académica mexicana amaneció consternada al enterarse del fallecimiento de la Dra. Rossana Reguillo Cruz, antropóloga y profesora emérita del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), la universidad jesuita en Guadalajara. Originaria precisamente de esa ciudad, Rossana fue una pionera en el estudio del entorno sociodigital, de la violencia y de las juventudes en México. Pero, más allá de sus aportes académicos, quienes la conocimos celebramos su generosidad, su sensibilidad y su sentido del humor. El ITESO confirmó la triste noticia destacando su trayectoria y, sobre todo, su compromiso inquebrantable con la justicia social, marcas indelebles de su paso por el mundo.
Su formación académica fue tan sólida como diversa. Tras estudiar Ciencias de la Comunicación, obtuvo una maestría en Comunicación en el ITESO y un doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Antropología Social en el CIESAS. A mediados de los años noventa dirigió la biblioteca del ITESO y fue investigadora del Departamento de Estudios Socioculturales. Pero su influencia se extendió mucho más allá de esas aulas: formó a generaciones de estudiantes en la Universidad de Guadalajara, la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad Javeriana. En 2022 fue reconocida como investigadora nacional emérita del Sistema Nacional de Investigadores y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias. A lo largo de casi cinco décadas recibió premios como el Nacional de Antropología a la Mejor Investigación, y el Iberoamericano a la Investigadora Municipal y Regional, aunque ninguna distinción alcanza a abarcar la magnitud de su obra.
Sus líneas de investigación fueron tan variadas como profundas. En La construcción simbólica de la ciudad analizó las explosiones de Guadalajara de 1992 y mostró cómo la sociedad civil se organizó frente a la tragedia. Más tarde, centró su mirada en las juventudes, no como objetos de estudio sino como sujetos políticos, dignos de ser comprendidos desde sus propias prácticas e imaginarios. Libros como En la calle otra vez, Ciudadano N y Estrategias del desencanto exploraron la identidad urbana, la diversidad y los usos de la comunicación. Con Paisajes insurrectos, examinó la relación entre jóvenes, redes y revueltas en medio de una crisis civilizatoria.
En 2016 fundó Signa Lab, el laboratorio de análisis de datos que indagó en el uso político de las redes sociales. Desde allí, su equipo puso nombres y cifras a fenómenos como la Red AMLOve, identificando bots, semibots y trolls que moldeaban las narrativas públicas. Incluso en medio de tensiones políticas, mantuvo una postura firme contra la censura; cuando fue necesario retirarse de proyectos, lo hizo con serenidad y con la claridad ética que la caracterizaba.
Además de su faceta académica, Rossana cultivó la palabra como ensayista y se comprometió como activista. Tras el surgimiento de #YoSoy132, fue de las primeras en reconocer el potencial político de una generación que usaba herramientas digitales para expresar su inconformidad. En Necromáquina. Cuando morir no es suficiente (2021) analizó la violencia contemporánea y acuñó el concepto de contramáquinas para nombrar las resistencias colectivas de madres buscadoras y policías comunitarias. Su escritura partía de una convicción profunda: nombrar el horror es indispensable para impedir su normalización y así dignificar la vida.
Quienes compartimos con ella un aula o una conversación recordamos su risa franca y su admirable capacidad de escucha. Su sentido del humor coexistía con una ética firme: cuestionar al poder, enfrentar la injusticia y ejercer la empatía como práctica cotidiana. Era una maestra cercana, exigente en lo intelectual y generosa en lo humano. Cuando hablaba de juventudes lo hacía desde el reconocimiento, nunca desde la condescendencia; cuando analizaba el entorno digital, lo hacía con rigor y con cariño hacia su equipo, al que llamaba afectuosamente sus “muchachitos”. Fue también una voz valiente en la denuncia de desapariciones forzadas y en el acompañamiento a las madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, incluso a costa de asumir riesgos personales.
Su obra sobre culturas juveniles y comunicación transformó mi práctica docente. Sus textos me enseñaron a ver la juventud como una condición creativa atravesada por múltiples mediaciones. Conceptos como narcomáquina y necromáquina me ayudaron a explicar a mis estudiantes cómo se articulan violencia, poder político y economía, mientras que las contramáquinas abren la puerta para pensar en resistencias colectivas. Por encima de todo, aprendí de Rossana que trabajar con jóvenes implica escucharles sin prejuicios y acompañar sus luchas.
La noticia de su partida nos duele, pero su legado permanece vivo: en sus libros, en sus proyectos, en las generaciones de estudiantes que formó y en las redes de solidaridad que ayudó a tejer. Rossana Reguillo nos recordó que el conocimiento debe estar al servicio de la justicia social y que es posible sostener el rigor académico sin renunciar al compromiso ético. Hoy la honramos retomando sus preguntas, escuchando a las juventudes, denunciando el horror y, al mismo tiempo, conservando la alegría con la que ella habitaba el mundo. Queda el desafío de seguir su camino con la misma convicción, sensibilidad y esa terquedad luminosa que nos recuerda que la vida, siempre, debe importar.
El presente texto se inscribe en el ejercicio de la libertad académica y de expresión. Las reflexiones aquí vertidas no representan la posición oficial de la institución universitaria.
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